DE SIRACUSA A PALERMO: RUTA EN TREN POR LAS JOYAS DE SICILIA

Cierra los ojos. Piensa en Italia. ¿Qué ves? Seguro que la imagen que apareció en tu mente está en el puñado de fotogramas que se sucederán en este viaje: playas rocosas de aguas transparentes, calles estrechas coronadas con tendederos y prendas que parecen bailar, la vita lenta sucediéndose en plena calle y por supuesto, la comida más rica.

En este viaje conoceremos la isla más grande del Mediterráneo, Sicilia. El medio de transporte sugerido es el tren, que nos llevará bordeando el mar mientras acortamos distancia entre cuatro estaciones.

Primera parada: Siracusa

El punto de partida de este viaje es Siracusa. Esta pequeña ciudad es reconocida por su historia griega y romana, su patrimonio arqueológico y sus playas -los sicilianos aseguran con vehemencia y mucho movimiento de manos que sus costas son las más lindas de Italia-.

Uno de los imperdibles de Siracusa es Neápolis, un parque arqueológico que fue declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Allí encontramos el teatro griego, el anfiteatro romano y la Oreja de Dionisio, una cueva con mucha mística ya que es famosa por su acústica extraordinaria.

En Siracusa se puede observar la huella de los griegos en el templo de Apolo, el Duomo di Siracusa o la fuente Aretusa

Luego de atravesar un pequeño puente, aparece Ortigia, una isla dentro de la isla, donde está el casco antiguo de la ciudad. Aquí también se puede observar la huella de los griegos en sitios como el templo de Apolo, el Duomo di Siracusa y la fuente Aretusa. Al seguir andando por las callecitas, llegamos al corazón de Ortigia, el Castello Maniace, una fortaleza magnífica construida para proteger la ciudad de los ataques desde el mar.

Otro infaltable aquí es el Mercato di Ortigia, donde encontramos productos locales y podemos observar retazos de la cotidianeidad de Siracusa. Un grupo de personas se junta alrededor de un puesto, mientras admiran a un hombre que corta, junta, separa, amontona y termina creando un panino maravilloso. Porque este es el tipo de cosas que aquí son espectaculares.

Segunda parada: Taormina

Después de un trayecto de dos horas en tren, llegamos a Taormina. Probablemente esta pequeña ciudad te parezca como salida de una pantalla, y no solo por su encanto sino también porque puedes reconocerla por ser el escenario de la segunda temporada de la serie The White Lotus.

Lo primero, es subir la colina, ya que el centro histórico de este lugar se encuentra en lo alto. Llegamos a la calle principal, Corso Umberto I, y el mejor plan es caminar sin plan; recorrer las calles estrechas y empedradas dejándose sorprender por la arquitectura medieval y renacentista, encontrando por casualidad rincones en los cuales los turistas hacen cola para sacarse una foto.

Una parada que tenemos apuntada como obligatoria y encontramos fácil al ver el tumulto de gente, es la Antica Rosticceria Da Cristina, que funciona desde 1980 y donde se pueden probar los mejores arancini de la región. Tenemos que esperar un poco porque somos muchos con la misma misión, pero para hacer más llevadera la espera, desfilan unas bandejas con pequeños arancini para degustar.

Desde la colina en la que estamos, podemos observar a la verdadera protagonista de Taormina: la Isola Bella. La panorámica también se puede obtener desde el teatro grecorromano, donde aún se respira la historia de este lugar, que fue fundado por los griegos con el nombre de Naxos.

Toda la ciudad está rendida a los pies de la Isola Bella, una pequeña isla, que en 1998 fue declarada reserva natural protegida

Toda la ciudad está rendida a los pies de esta pequeña isla, que en 1998 fue declarada reserva natural protegida. Por eso, para terminar nuestro recorrido, debemos descender a la costa para ver desde cerca la Isola Bella. Un bus y 134 escalones después, llegamos a Playa Mazzaró. Si tienes la suerte de encontrar la marea baja, podrás llegar caminando desde la orilla hasta el islote.

Tercera parada: Cefalú

Un trayecto de cuatro horas en tren separa Taormina de Cefalú. Su principal atractivo -e imposible que pase desapercibido- es la Rocca di Cefalù, una roca de 268 metros de altura que asoma justo detrás de la ciudad y parece un centinela que lo mira todo. De hecho, Cefalú proviene del griego y significa cabeza.

El primer sitio a conocer es el Duomo di Cefalù, una catedral normanda construida en el siglo XII, ubicada en una plaza con varios bares y restaurantes, donde elegimos uno para comer y descansar. Luego seguimos hasta Bastione di Capo Marchiafava, una construcción ubicada en lo alto de la costa, que ofrece una vista del mar y los alrededores que se vuelve aún más increíble cuando la baña la luz del atardecer.

Finalmente, llegamos a la playa tras atravesar un arco que deja a la vista un recorte del paseo marítimo Lungomare Giuseppe Giardina. Desde la pasarela del puerto se puede obtener la foto típica de Cefalú y la vista más linda de la ciudad: la Rocca custodiando las casitas y la costa, entre familias que descansan al sol y niños que juegan a la pelota en la orilla.

Última parada: Palermo

Tras un recorrido de una hora en tren, llegamos a Palermo. La capital nos muestra una cara distinta de Sicilia: el desorden propio de una ciudad grande, los edificios amontonados como codeándose entre sí, el tráfico y su caos inevitable. Pero, las historias mínimas siguen allí para los ojos del que quiere ver: una señora borda con concentración y movimientos delicados, ignorando el bullicio a su alrededor; una pareja pegada a la vitrina de una tienda mientras dentro, el amasado de una pizza es una danza elegante.

Lo primero es recorrer el centro histórico a pie, con pequeños spots de parada recomendada: la Cattedrale di Palermo y muy cerca la Piazza Pretoria, donde se encuentra la Fontana Pretoria, una fuente renacentista que representa figuras mitológicas. Caminamos pocos metros y llegamos a Quattro Canti -también conocida como Piazza Vigliena- una plaza con cuatro esquinas, que tiene representada en cada una de ellas a las distintas estaciones del año.

Aquí también nos dejamos deleitar por el mercado local, Mercato della Vucciria, donde una columna de humo advierte que hay algo cocinándose allí mismo e invita a probar algún plato típico para que nunca te olvides de Sicilia -porque lo que se come se recuerda más-. Para completar la experiencia, hay que visitar uno de los bares históricos de la zona, la Taverna Azzurra, un lugar ideal para pedir un aperitivo y sentarse a beberlo fuera, entre locales y turistas, inmersos en la vida palermitana.

Por último, si tienes la oportunidad, lo ideal es dedicar un día extra a una excursión. Porque por estar en una gran ciudad no hay que renunciar al mar: a tres horas, un bus y varias curvas de distancia, encontramos San Vito Lo Capo, un pequeño pueblo cuya playa está rodeada de montañas y colinas, y que es conocida por ser de las mejores de Italia. Con la imagen de la arena blanca y el mar turquesa en el horizonte, nos despedimos de este viaje. Ciao, Sicilia, un piacere.

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